Opinión

La radicalización del odio

De mano de la “normalización de las cosas”, viene también su fenómeno contrario: la consolidación del rechazo. Hoy en día presenciamos cómo cada vez es más cotidiano, más “común”, y más “aceptado”, todo lo relacionado con el universo LGBT+. Vemos parejas del mismo sexo besándose en películas taquilleras, romances lésbicos en series virales, e incluso personajes diversos en la sencillez de programas infantiles. Los fenómenos del drag y sus concursos coloridos ya son masivos, atractivos para todo el mundo, y no se asocian más a un gremio en específico. Muchos de los juegos de palabras y frases que consideraríamos típicas de la comunidad ya son de uso cotidiano sin distinción de sexo, género o edad, y se han enraizado en el slang urbano. Para las generaciones más jóvenes, salir del clóset ya no es un tema que les trastoque el destino, e inician sus amores desde la adolescencia cuando unos años antes esto era impensable, y los romances estaban destinados al secreto y a las sombras.

En primer lugar debería partirse del hecho de que esta diversidad ni siquiera debería luchar por ser considerada “normal”. Pero la realidad es otra, y lo cierto es que aunque cada día somos más visibles, ganamos luchas decisivas y estamos en todas partes, la otra cara de la moneda no hace más que confirmar el aumento de los retrocesos. Odio, desprecio e ignorancia ha habido siempre. El fenómeno que hoy atestiguamos es la radicalización de estas cosas y muchas otras más, su evolución a sus variantes más amargas, y su “normalización” en la esfera pública, política y social. En Estados Unidos, por ejemplo, vemos cómo el gobierno republicano de Florida ya implementa políticas con los cuales vulneran los derechos humanos básicos de miles de personas LGBT+; la prohibición de educación sexual y temas de identidad de género en las escuelas, y muchas otras tentativas controversiales que se reducen a la ley Don’t Say Gay: “no digas gay”.

Esto incluye cosas tan drásticas como prohibición de libros en pleno siglo XXI, en una medida de inquisición que nos retrocede no muchos años, sino siglos de lucha y de avance. Y hay miles de padres, familias, asociaciones y empresas que defienden hasta el tuétano estas políticas y abanderan su repudio sin hesitaciones. Es una cacería de brujas contemporánea. La situación llegó a tal grado que asociaciones LGBT+ de Florida invitaron a todos quienes se consideran diversos, a no visitar este paraíso de playas y resorts de los Estados Unidos, pues ha dejado de ser un lugar seguro. Algo similar ocurre en Uganda, país africano, que podría convertirse en el primer lugar en el mundo en criminalizar, perseguir e incluso condenar con la muerte la homosexualidad.

Nuestras sociedades están divididas en dos frentes que parecen irreconciliables, y que se radicalizan en sus respectivas trincheras.No son luchas que se ganarán con odio, porque el odio divide, fragmenta, y mata. Cada fenómeno conlleva su parte contraria, su luz y su oscuridad, su otra cara de la moneda. Y la contraparte natural del odio es el amor. La comprensión, la empatía, el cariño; virtudes únicas que llevamos dentro de todos los seres humanos, y el hecho tan sencillo de que,a fin de cuentas, la única realidad en este mundo es que nadie tiene la razón.

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